El mensaje “Que el Cordero reciba la gloria” nos recuerda que nuestra identidad actual es ser hijos de Dios y que la verdadera transformación ocurre cuando contemplamos a Cristo como el Cordero glorificado y vencedor. No es usar a Jesús en momentos difíciles, sino rendirle el control, dejar nuestros criterios humanos y permitir que su verdad y su Espíritu nos transformen desde adentro, devolviendo a Él el centro de nuestro corazón.